sábado, 31 de agosto de 2019

Resiliencia

"La resiliencia es la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias adversas traumáticas, adaptándose a ellas positivamente. Es la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, transformar el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas. Una persona resiliente comprende que es el arquitecto de su propia alegría y su propio destino." El término resiliencia proviene del latín y significa volver atrás, saltar y rebotar, lo que podemos asimilar e interiorizar como volver a comenzar.

En la vida, como en las oposiciones, nos enseñan a confiar en nosotros mismos, a creer en nuestras opciones, a sacar lo mejor de nosotros mismos y lo peor es que sí, nos creemos que podemos con todo, nos ilusionamos creyendo que este será nuestro año... en definitiva, nos sobra motivación. Confiamos tanto en nosotros que, cuando llega una decepción tan grande, cuando caemos en el pozo más profundo del fracaso, recordamos que nadie nos ha enseñado qué hacer ante este batacazo o cómo levantarnos después de caer tan estrepitosamente.

¿Cómo lo estoy llevando yo? La verdad es que me ha costado escribir esto, pero tras un tiempo sin hablar del tema, me pareció necesario compartir con vosotros una reflexión personal, con la que quizás os sintáis identificados. Yo lo he llevado al tema de las oposiciones, pero hay miles de motivos que nos hacen caer, piedras en el camino que se vuelven murallas, obstáculos que nos impiden seguir adelante y perder toda motivación. Me he basado en la resiliencia y he seguido algunos de los puntos que aparecen en la imagen con la que acompaño esta entrada. Os detallo, a continuación, cada uno de los apartados, profundizando un poco más en cada uno de ellos.

1. Las circunstancias nunca son perfectas, pero tu actitud sí: Esa misma actitud positiva que teníamos dentro antes de que el desastre ocurriera, es la misma que nos ayudará a sobrellevar este duelo al principio y con la que volveremos a ser fuertes en cuanto nos pongamos de nuevo en el camino de la lucha por alcanzar nuestros sueños.

2. Piensa en útil. Rumiar el pasado no lo cambia: Por mucho que le demos vueltas al asunto, rebusquemos entre los fallos que hemos podido cometer o tratemos de poner palabras con las que definir el debacle ocurrido, nada de eso cambiará la realidad. Ya es tarde y todo está hecho, por eso de nada sirve enfocarse en lo malo, en lo que hemos perdido, lo que nos hemos dejado atrás... sino que hay que pensar útilmente, buscando un aprendizaje de esos errores y un cambio con el que renovarnos para evitar repetirlos el futuro.

3. Busca soluciones. Somos cambio: Como acabamos de decir anteriormente, debemos reciclar nuestras ideas. Dentro de los errores seguro que tenemos una esencia que no necesitamos cambiar, pero sí que debemos analizar bien en qué punto hemos fallado y sobre todo cómo podemos mejorarlo, con qué toque original marcaremos la diferencia.

4. Aceptar. No es resignación, es dejar marchar: El dolor está ahí, puede que anclado en nuestro interior. Ante las decepciones tendemos a buscar culpables y cuando lo somos uno mismo, solemos machacarnos con gran resignación. Sin embargo, eso no ayuda a salir del bache, sino que sólo nos servirá para hundirnos un poquito más. Por eso, aunque suene contradictorio, lo mejor es dejar de pensar, desconectar, dejar la mente en blanco u ocuparla en otras cosas que nos distraigan y nos aparten de ese ovillo de tristeza y lamento. Sólo así dejaremos marchar todo ese tormento, las dudas, la decepción, la rabia, la impotencia... y aprenderemos a aceptar nuestro destino, el que nos ha tocado vivir y salir en búsqueda de nuevas metas por cumplir.

5. Asume tu responsabilidad: Da la cara, afronta el problema, busca una solución. Lo fácil es abandonar, salir corriendo, huir... cortar el problema de raíz y olvidar. Puede que un principio es lo que queramos y necesitemos y tampoco está mal hacerlo, siempre y cuando tras un tiempo determinado sepamos volver a encauzar el camino. Y al volver mirar bien todo lo que podemos cambiar y renovar desde un nuevo punto de vista.

6. Es temporal. No es para toda la vida: Y menos mal porque si no, ¿qué sería de nosotros? Es algo que en el momento impacta, sobre todo si no se espera y se recibe de repente. Del shock del principio pasamos a comprender que es algo temporal que nos toca vivir, pero que la vida sigue no se acaba ahí y afuera hay miles de oportunidades nuevas esperándonos y por las que merece la pena volver a dar el máximo, aunque parezca que es el fin del mundo.

7. No siempre se recoge lo que se siembra: Y si no que se lo digan a nuestros mayores, esos que han trabajado en el campo toda la vida. Los que han sembrado y sufrido contratiempos atmosféricos como inviernos fríos, tormentas y días de sequía que han empeorado sus cosechas y que, a pesar de sus esfuerzos y cuidados, no han podido ser recogidas como esperaban o merecían. Ponemos toda la ilusión, motivación y entrega, apostamos fuerte por nuestros sueños y, quién sabe si por azar, por causas o circunstancias externas que no dependen de nosotros o factores que sí, nos quedamos en el camino. 

8. La vida tiene una parte injusta... cuenta con ella: Tenemos que ser conscientes de que igual que existe el éxito, existe el fracaso y pasar por ello nos ayudará a volver más fuertes, con un crecimiento personal. Aunque tendamos a pensar en positivo, también hay que estar preparado si llegan las tormentas, pero no hay que quedarse viviendo en ellas.


"El mundo rompe a todos y, después, algunos son fuertes en lugares rotos"
Y tú, ¿eres resiliente?

viernes, 8 de marzo de 2019

Educar en igualdad

8 de marzo, día de la mujer. Día para reivindicar que no somos inferiores, que somos iguales y tenemos los mismos derechos. Feminista no es aquella mujer que se cree superior al hombre, esa creencia es errónea. Lo que se busca es promover la igualdad, que ni el hombre ni la mujer sea mejor o esté por encima del otro, sino que todos seamos iguales, libres y el miedo o la vergüenza de sentirse inferior deje de existir. Quiero aprovechar este día para compartir un hecho que viví ayer en primera persona y que fue la gota que colmó el vaso para decidirme a sacar a la luz esta entrada.

Precisamente ayer, en mi clase de infantil, sufrí un episodio bastante desagradable. Un niño se pasó todo el día desobedeciendo y riéndose de todo lo que yo le decía. Le pregunté que de qué se reía y me respondió, entre risas, que de mí. Y le volví a preguntar que qué era lo que le hacía gracia de mí y me dijo que no sabía. No sabía... pero lo hacía. Seguidamente, tuvo otro incidente con la única compañera de clase, también se reía de ella e intentó humillarla con comentarios hirientes, a lo que ella respondió con un empujón. Ante ese hecho decidí sentarnos todos juntos para hablar y le volví a preguntar al niño en cuestión por qué se comportaba así, por qué se reía de su compañera y también de mí. Su respuesta fueron carcajadas y un claro y tajante "jamás te lo contaré". ¿Lo peor? El amigo que le reía las gracias. Entonces les pregunté si del profesor al que estoy sustituyendo también se ríe así. Y fue entonces cuando confesó: "No, de él no porque es un chico, pero tú eres una chica y no me gustan las chicas". Intrigada a la par que asombrada con semejante respuesta, proseguí: "Entonces, de mamá y de la abuela también te ríes y tampoco te gustan porque también son chicas". En ese momento, antes de que pudiera responder, saltó el amigo defendiendo que "mamá y la abuela no son iguales que las profesoras". Tras mi: "¿cómo que no?, ¿por qué no?" comenzó el debate. Por suerte, otros compañeros sí defendieron que las chicas son iguales que los chicos porque todos somos personas y que las profesoras son igual de importantes que los profesores y hay que respetarlos. 

A la salida, le comenté a otra compañera lo ocurrido y juntas con el niño, fuimos a hablar con el padre, que había venido a buscarlo (normalmente solía venir la abuela, pero esta vez vino él). El niño no fue capaz de contarle lo ocurrido, se sentía realmente avergonzado porque se puso totalmente colorado, pero así como fue tan valiente para reírse a carcajadas, no obtuvo esa valentía para sincerarse. Cuando el padre se enteró, se enfadó muchísimo y le ordenó que me pidiera perdón, un perdón que nunca llegó porque, a pesar de todo, él no se arrepentía, sus pensamientos y creencias no habían cambiado por un castigo.

Es inconcebible que con sólo 4 años un niño pueda tener pensamientos tan férreos y negativos que le lleven a actuar de esa forma tan lamentable y decepcionante. ¿Cómo un niño llega a ver normal reírse de su profesora o meterse con su compañera sólo por ser chicas? Me quedo con los comentarios positivos de otros alumnos, eso me demuestra que aún queda esperanza en soñar y luchar por un mundo mejor y, por supuesto, que es necesaria una educación basada en la igualdad.

También me quedo con la actitud del padre, que enseguida le puso el mismo ejemplo sobre la madre y  la abuela que yo antes le había nombrado. Hoy no podrá jugar en el patio porque está castigado, pero los castigos no le harán cambiar su forma de pensar. Hay que bucear más allá. Es imprescindible que no sólo desde la escuela, sino también en casa eduquemos a los pequeños en la igualdad de oportunidades y el respeto a las diferencias, pero sobre todo que nosotros inculquemos el ejemplo positivo y seamos modelos en los que reflejarse para que adopten actitudes, conductas y comportamientos feministas.


Aún queda mucho por hacer, pero nada es imposible. Poco a poco, entre todos, podemos contribuir a ese cambio de mentalidad. Y tú, padre, madre, abuela, tío, hermana, primo, maestra, monitor, maestro... ¿educas en igualdad?

jueves, 7 de febrero de 2019

Sensibilidad no es sinónimo de debilidad

A menudo, cuando vemos a alguien llorar, lo identificamos como símbolo de debilidad. Tal vez inconscientemente lo pensamos, puesto que siempre nos han inculcado que se llora en privado porque en público está mal visto.

¿Por qué no se puede llorar en público?, ¿por qué si lo haces eres menos capaz o vales menos? Parece que estamos hablando de un tópico o de cosas que pasaban antes y que ahora ya no. Pero no más lejos de la realidad, por suerte o por desgracia, es algo con lo que me ha tocado lidiar y por lo que se me ha juzgado hasta el punto de alejarme de aquella meta que más deseaba alcanzar. Sinceramente, yo no pienso que llorar sea mostrar debilidad, al contrario, con ello muestro humanidad, algo que tristemente se está perdiendo. Parece que hoy en día solo importa aparentar lo bonita y maravillosa que es nuestra vida, con el famoso y archiconocido "postureo" y que si tú un día, por lo que sea, muestras tus sentimientos, eso ya te debilita, ya es falta de carácter y te hace ser menos que el resto.

Sin embargo, está comprobado que llorar es sano, es bueno para tu salud física y psicológica, ¿sabéis la cantidad de beneficios que tiene?

  • Es la mejor terapia contra el estrés, la ansiedad y la angustia. Nos ayuda a desahogarnos, a sacarlo todo, a vaciarnos de la rabia, del rencor, de la frustración... Tienen un efecto calmante.
  • Alivia el dolor, mejora el humor y el sueño. Hay veces en las que tras llorar, empezamos a reír. Estos cambios tan bruscos y directos nos ayudan a paliar nuestro malestar, debido a que el llano ha provocado una sensación tan relajante que afecta a nuestro estado de ánimo, impulsándolo por medio de una sonrisa o facilitando la concepción del sueño, por ejemplo.
  • Nos ayuda a deshacernos de las bacterias y mantener nuestros ojos limpios. Digamos que es... ¿como cuándo limpias el parabrisas del coche? En cierto modo es así, limpias o quitas los restos de algo que "no te deja ver con claridad".
  • Nos permite conocernos mejor, descubrir cuáles son nuestras debilidades o vulnerabilidades, cuándo y cuánto necesitamos el apoyo de otras personas, en qué medida nos afecta a otras actividades cotidianas... y eso, en ningún caso, es algo negativo, por más que tratemos de ocultarlo y eliminarlo de nuestro pensamiento.

Entonces, ¿por qué es tan malo llorar en público? Igual que si te apetece reir, te ríes; si quieres un abrazo, lo pides y te lo dan o eres tú quien tiene la iniciativa de buscarlo y darlo, incluso si tienes rabia gritas o muestras cualquier manifestación de rechazo públicamente.

Cuando lloras demuestras que eres humano, que no somos robots fríos y sin sentimientos ni nacimos para ser perfectos. Quizás si lloro es porque algo más fuerte que yo está pasando en mi interior y me sobrepasa hasta el punto de que no logro sacarlo de otra manera. Quizás nadie se pare a pensar que si lloro es porque no estoy bien y me canso de fingir o aparentar normalidad. ¿Somos personas o estatuas de piedra? Es una necesidad como otra cualquiera. Basta ya de tener que escondernos si queremos llorar. Unas personas son más sensibles que otras y nos afectan las cosas en diferente medida, en mayor o menor grado, pero eso no te da derecho a ti, insensible, de catalogar o etiquetar a alguien, de hacerlo inferior o poner en tela de juicio su integridad y su capacidad para desempeñar un trabajo tan cercano como la educación. 

Precisamente si queremos educar en valores que nos ayuden a crecer, a tener en cuenta al otro y convivir en una sociedad en la que todos y cada uno de nosotros nos sintamos respetados y valorados por lo que somos, debemos comprender que las lágrimas (ya sean de emoción, desesperación o tristeza) son una prueba de la empatía que siente quien las derrama.

¿Por qué nos han educado con la idea de que llorar en público es malo y que "esas cosas" es mejor hacerlas en privado, en soledad o con tu gente más cercana a solas? Ojalá cambiáramos la forma de pensar, de expresarnos y de actuar, sirviéndonos nosotros mismos de ejemplo, evitando atacar, aceptando y creando la oportunidad de enriquecernos con estas pequeñas cosas. A mí, desde mi experiencia, me costó un mundo llegar a entender que ser sensible no es un defecto ni algo que esconder o de lo que avergonzarse, sino una virtud. Gracias a las personas que me abrieron los ojos y compartieron su filosofía de vida.

"Las personas que más lloran son emocionalmente las más fuertes"